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CRÓNICA DE UN LLOVIDO DESEMBARCO ESCÉNICO

POR CARLOS LEYES

Un 22 de mayo de 2003, nuestro Gobernador el Dr Gildo Insfrán, inauguraba el primer tramo de nuestra bellísima costanera, bajo una copiosa lluvia otoñal, parecida a las que por estos días de abril nos visitan. Una cortina de agua que borroneaba la costa paraguaya, y hacía el momento épico, irreproducible. Ese día, un puñado de artistas y extras, participamos en la recreación del desembarco del vapor “El resguardo”, en inmediaciones del pontón desde el que parten y llegan las lanchitas que viajan a Alberdi, en una superproducción que involucró a una gran cantidad de trabajadores y trabajadoras de la cultura formoseña. Le dimos vida a otro día de otoño, pero de 1879. Aquél, en el que el Comandante Luis Jorge Fontana –para entonces mayor- finalizaba la orden de traslado de la Villa Occidental, emanada del gobernador Lucio V. Mansilla luego del fallo Hayes, a su enclave como nueva capital del Chaco argentino, a ese punto “conocido desde el tiempo de los españoles con el nombre de Punta Hermosa o Formosa”. La fundación de la Villa se concretó el 8 de abril de 1879 (*).

La profesora Lilian Bistolfi, a la sazón Directora de Cultura de la Provincia, me había pedido que interprete a Fontana, y la verdad es que como actor, era un papel irrenunciable. Además, la aventura iba a ser única: embarcaríamos en una de las lanchitas de pasajeros, acondicionada para semejar al vapor de aquél entonces, y remontaríamos el Río Paraguay llegando casi frente a la ciudad de Alberdi. Y desde allí, luego giraríamos y retomaríamos la “Vuelta Fermoza”, de modo que los asistentes al acto, funcionarios y pueblo presente, tengan esa imagen única de visualizar desde lejos, cómo “El resguardo” se arrimaba a nuestras tierras. Luego, atracaría, y toda la comitiva desembarcaría, y una delegación encabezada por el mayor Eriberto Sandoval (secretario y cronista, adelantado en el lugar, y luego primer funcionario de la Prefectura en Formosa) junto a hermanos originarios, nos darían la bienvenida, para avanzar hacia donde esperaba el Gobernador, en el mirador. Sería un encuentro imaginario, entre dos hitos formoseños. Le dije que sí a Lili, era un honor enorme, era una experiencia cinematográfica.

Y así fue que convocamos a otros actores y otras actrices, y a quien quisiera sumarse a la epopeya, y se organizó la producción. Nuestro actual Subsecretario de Cultura, Fredy Jara, tuvo un papel relevante en ella. Lo recuerdo corriendo por todos lados, yendo y viniendo, organizando las distintas escenas y dando indicaciones. Fue un viaje artístico pero entre amigos, pleno de disfrute y risas, y ensayos, y pruebas de vestuario, y preparación, para que nada falle. Un oficial de la Policía, me prestó su uniforme histórico, y a la emoción se sumó la responsabilidad de portarlo. Todo estuvo listo.

Pero los espíritus del teatro y de la historia, reservaban una sorpresa a la puesta en escena. Embarcamos con dos capitanes: el de la barcaza, y Fredy, que operaba la máquina de humo (tenía que parecer un vapor, claro) y guiaba al timonel en tiempos y trayectoria. Yo ya era Fontana, y mis compañeros y compañeras en sus ropajes de época, apenas contenían la emoción. Pero el cielo comenzó a ponerse negro. Oscuro. Temible. Como en una repentina aparición de fantasmas shakesperianos, se venía el agua. Y no cualquier agua, sino el agua de todo el otoño junto. Navegábamos hacia el norte, hacia la negrura… pero nunca llegaríamos a la altura de Alberdi. Y si no volteábamos enseguida, quizás ni siquiera llegábamos a desembarcar. Algunas caras preocupadas, y una representación que peligraba, como peligraban nuestras alegrías. Al punto, todo se descontroló en el falso Resguardo. Alfredo (a veces le digo así, me gusta salir de lo cotidiano) pegó un grito de guerra extraño, entre babor y estribor, que nos sumergiría sin dudas en la más oscura de las dimensiones paralelas. Pero Fredy, como avezado pescador, conocía el cauce, y yo, tipo de pavimentos, lo escuché debajo de la boca de lobo que comenzaba a cernirse sobre nosotros, y comencé a temblar, no sé si de frío o de nervios. ¡A  toda marcha! Fue otra consigna, y con los motores rugiendo y burbujeando en esas aguas marrones, el barco se enderezó hacia el puerto, donde un público impaciente veía que el acto estaba a punto de salir mojado.

Pero atracamos, y casi sin ceremonias ensayadas, saltamos todos al pontón y allí nos esperaba Cachito Pérez como Sandoval, y me saludaba, y me guiaba al encuentro de un maravilloso coro de hermanos originarios: “Los chacas” dirigidos por la Profe Gabriela Bofferón. Apenas si nos detuvimos a escuchar (se venía el tiempo y el día ya era noche), y alguien me alcanzó la bandera de Formosa que debía entregar al Gobernador Insfrán, allá, arriba, tan lejos ante tanta agua, que parecía una misión imposible.

Casi a la carrera (caían entonces los primeros gotones que atravesaban impiadosos los uniformes prestados, augurando un aguacero apoteótico), nos detuvimos en seco a mitad de camino para chequear que nos siguiera de cerca Tedy Durán, actriz que portaba la imagen de la Virgen del Carmen, y que sería entronizada también, recién llegada de la Villa Occidental. Allí venía Tedy, jadeando y firme, con su virgen que era nuestra virgen, la de todos. Ya no éramos actores y actrices, éramos ellos y ellas, llegando a la tierra prometida.

Pero entonces, ya era el diluvio. Ese 22 de mayo de 2003, diluviaba como en los otoños más otoños de mi amada Formosa. Y los ríos de esa lluvia bajaban hacia el río mayor, y se iban, y se amarronaban lavando todo, limpiando el cielo, y borrando nuestros temores, nuestras dudas. Augurando lo mejor. Ya los uniformes eran de líquido, el vestuario se despintaba, y los paraguas no servían, se los llevaba el viento helado. Llegamos al mirador y allí el Gobernador bajo la cortina del cielo, nos esperaba también él sin paraguas, con su traje pegado al cuerpo y los ojos entrecerrados. Tomé la bandera doblada, me acerqué a su figura junto a nuestros artistas, y bajo esa torrencial bendición, me cuadré como un militar del 1800, lo saludé mientras el sable bailoteaba entre mis cascadas corporales, y por un momento eterno, fui el Comandante Fontana entregando una posta para la grandeza de Formosa a su actual conductor.

No tengo vergüenza de decir que lloré, total, no se notaba entre tantas caras mojadas. Me di la media vuelta, y fui hacia esos actores de la legua, del picadero criollo, de las mejores tradiciones teatrales argentinas, para ver cómo quedaba inaugurada nuestra Avenida Costanera Vuelta Fermoza. Mucho más tarde, mientras recuperaba el aliento en Prefectura con algo caliente, pensé en la cara del oficial al que le debía devolver ese uniforme con tanta historia y que goteaba sin piedad sobre las baldosas. Pero respiré hondo y me puse de pié con decisión. Al fin de cuentas, le habíamos sumado una épica más y alguna arruga que no estaba. Su historia, la de aquél 8 de abril de 1879 y la de tantas campañas por venir, también abrigó la de esa jornada de emoción y llantos y gritos y cantos.

 (*) Fuente www.formosa.gob.ar

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Diseño & Programación: DG. Fernando Escudero

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